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sábado, 12 de agosto de 2017
MÉDIUM, PÍO BAROJA
Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he produndizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía. Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agitacon ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro. Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:
sábado, 5 de agosto de 2017
LA CANCIÓN DEL CROUPIER DEL MISSISSIPI
CANCIÓN PIRATA
Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
Fumo mucho. En el cenicero hay
ideas y poemas y voces
de amigos que no tengo. Y tengo
la boca llena de sangre,
sábado, 29 de julio de 2017
LA CORZA BLANCA, G.A.BÉCQUER
En un pequeño lugar de Aragón; y allá por los años de mil trescientos y pico, vivía retirado en su torre señorial un famoso caballero llamado don Dionís, el cual después de haber servido a su rey en la guerra contra infieles, descansaba a la sazón, entregado al alegre ejercicio de la caza, de las rudas fatigas de los combates.
Aconteció una vez a este caballero, hallándose en su favorita diversión acompañado de su hija, cuya belleza singular y extraordinaria blancura le habían granjeado el sobrenombre de Azucena, que como se les entrase a más andar el día engolfados en perseguir a una res en el monte de su feudo, tuvo que acogerse, durante las horas de la siesta, a una cañada por donde corría un riachuelo, saltando de roca en roca con un ruido manso y agradable.
Haría cosa de unas dos horas que don Dionís se encontraba en aquel delicioso lugar, recostado sobre la menuda grama a la sombra de una chopera, departiendo amigablemente con sus monteros sobre las peripecias del días, y refiriéndose unos a otros las aventuras más o menos curiosas que en su vida de cazadores les habían acontecido, cuando por lo alto de la más empinada ladera y a través de los alternados murmullos del viento que agitaba las hojas de los árboles, comenzó a percibirse, cada vez más cerca, el sonido de una esquililla semejante a la del guión de un rebaño.
sábado, 22 de julio de 2017
PALOMOS DEL INFIERNO III, ROBERT E. HOWARD
III
LA LLAMADA DE ZUVEMBIE
Cuando los palomos hubieron desaparecido, los dos hombres permanecieron unos instantes en sus asientos, en silencio.
- Bueno, por fin los he visto - murmuró finalmente Buckner.
- Tal vez los únicos que pueden verlos son los hombres marcados - susurró Griswell-. Aquel trampero los vio...
- Bueno, veremos - replicó el sheriff tranquilamente, mientras se apeaba del automóvil, pero Griswell se dio cuenta de que la mano que empuñaba el revólver temblaba un poco.
Al entrar en el amplio vestíbulo, Griswell vio la hilera de huellas que se extendían por el suelo, señalando el paso de un hombre muerto. Buckner había traído unas mantas. Las extendió delante del lugar.
sábado, 15 de julio de 2017
PALOMOS DEL INFIERNO II, ROBERT E. HOWARD
II
EL HERMANO DE LA SERPIENTE
De nuevo las sombras se alargaban sobre los pinares, y den uevo dos hombres llegaron por el antiguo camino en un automóvil con matrícula de Nueva Inglaterra.
Buckner conducía. Los nervios de Griswell estaban demasiado alterados para permitirle empuñar el volante. Su rostro estaba aún muy pálido, y todo su aspecto revelaba un gran cansancio.
La tensión del día pasado en la capital del condado había venido a añadirse al horror que planeaba sobre su alma com ola sombra de un buitre de alas negras. No había dormido, apenas había sobre tu alma como la sombra de un buitre de alas negras. No había dormido, apenas había comido.
sábado, 8 de julio de 2017
PALOMOS DEL INFIERNO I, ROBERT E. HOWARD
I
EL SILBADOR EN LA OSCURIDAD
Griswell despertó repentinamente con todos los nervios vibrando por una premonición de inminente peligro.
Miró a su alrededor con aire aturdido, incapaz al principio de recordar dónde estaba o qué hacía allí. La luz de luna se filtraba a través de las polvorientas ventanas, y la enorme estancia vacía con su altísimo techo y el negro boquete de su hogar resultaba espectral y desconocida.
Luego, a medida que emergía de las telarañas de su reciente sueño, recordó dónde se encontraba y qué estaba haciendo allí.
Volvió la cabeza y miró a su compañero, que dormía en el suelo, cerca de él. John Branner no era más que una alargada forma en la oscuridad que la luna apenas teñía de gris.
Griswell trató de recordar lo que le había despertado. En la casa no se oía ningún sonido; fuera, todo estaba igualmente silencioso: el siseo de la lechuza llegaba de muy lejos, del bosque de pinos.
Finalmente, Griswell capturó el huidizo recuerdo. Lo que le había asustado hasta el punto de despertarle era una pesadilla espantosa. El recuerdo fluyó ahora a raudales, reproduciendo como en un aguafuerte la abominable visión.
EL SILBADOR EN LA OSCURIDAD
Griswell despertó repentinamente con todos los nervios vibrando por una premonición de inminente peligro.
Miró a su alrededor con aire aturdido, incapaz al principio de recordar dónde estaba o qué hacía allí. La luz de luna se filtraba a través de las polvorientas ventanas, y la enorme estancia vacía con su altísimo techo y el negro boquete de su hogar resultaba espectral y desconocida.
Luego, a medida que emergía de las telarañas de su reciente sueño, recordó dónde se encontraba y qué estaba haciendo allí.
Volvió la cabeza y miró a su compañero, que dormía en el suelo, cerca de él. John Branner no era más que una alargada forma en la oscuridad que la luna apenas teñía de gris.
Griswell trató de recordar lo que le había despertado. En la casa no se oía ningún sonido; fuera, todo estaba igualmente silencioso: el siseo de la lechuza llegaba de muy lejos, del bosque de pinos.
Finalmente, Griswell capturó el huidizo recuerdo. Lo que le había asustado hasta el punto de despertarle era una pesadilla espantosa. El recuerdo fluyó ahora a raudales, reproduciendo como en un aguafuerte la abominable visión.
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