Hoy finalizamos, por ahora, esta escalofriante lista de enterrados en vida. Quedan muchos casos en el tintero, y muchos de los que jamás sabremos nada. Fosas comunes, entierros privados, venganzas... Todos quedarán en el olvido, pues sus sepultureros bien se aseguraron de que así fuera.
Felisberto Carrasco
Un hombre de 81 años de edad se despertó en medio de su propio funeral, para sorpresa de los amigos y familiares que lloraban su muerte en la pequeña ciudad chilena de Angol. La familia de Felisberto pensó que el anciano había muerto porque su cuerpo estaba frío e inmóvil. En lugar de llamar a un médico para confirmar la muerte, llamaron a una funeraria que lo vistió con sus mejores galas para asistir al funeral. Una vez retirado del ataúd, Felisberto dijo que no sentía dolor alguno y pidió un vaso de agua. Las radios de la ciudad tuvieron que rectificar el anuncio de la muerte, que ya había sido divulgada.
Jinshi Liang
Un hombre chino sobrevivió después de ser enterrado vivo por equivocación y haber estado bajo tierra durante tres horas. Los médicos decretaron la muerte de Liang, un diabético de 40 años. El cuerpo fue enterrado, y tres horas después de la ceremonia, su esposa fue a la tumba, donde, en medio del silencio del cementerio comenzó a escuchar la voz de su marido. Después de advertir a los hermanos de Liang, su cuerpo fue exhumado, y para la sorpresa y la alegría de la familia, Liang estaba vivo. Los analistas médicos de provincia afirmaron que los arañazos en el ataúd demuestran que Liang permaneció vivo, en coma, y con respiración, y no descartaron que se tratara de un caso de catalepsia.
Sarah Ann Dobbins
Una chica llamada Sarah Ann Dobbins, de Hereford, fue declarada muerte en 1879, después de haber estado en un trance durante tres semanas. Creyéndola muerta, su cuerpo fue expuesto para el velatorio previo al entierro y se dejó en una habitación cerrada con llave por la noche. A la mañana siguiente parecía como si el cuerpo se hubiera movido un poco. Se llamó al médico y revivió la chica. Catorce años más tarde se suicidó ahogándose en el río Wye.
Hubo otros casos de
entierros de personas vivas en los que se esperó la llegada de las autoridades
antes de abrir el ataúd, sólo para descubrir que su ocupante había muerto
minutos antes.
Tan solo con ver los
cuerpos, quedaba claro que habían sido enterrados vivos: los cuerpos de las
víctimas retorcidos, las uñas arrancadas de los dedos de pies y manos, y la expresión
de horror absoluto en sus rostros daba a entender sin lugar a dudas que habían
tratado de liberarse.
Algunos de los casos más
desgarradores tuvieron como desgraciadas protagonistas a mujeres cuyas muertes
ocurrieron después un embarazo complicado.
La eclampsia no tratada
durante el embarazo puede provocar convulsiones e incluso coma. Este pudo haber
sido el caso de Lavrinia Merli, una campesina que vivía cerca de Mantua, en
Italia, que se creía que había muerto de “histeria”. Fue enterrada en un nicho
en Julio de 1890. Aunque no está claro por qué, el nicho se abrió dos días más
tarde y descubrieron que la mujer había recobrado el conocimiento, había
volcado el ataúd y dado a luz a un niño. Ambos estaban muertos.
Volviendo al tema de una
muerte no diagnosticada en condiciones, ¿Podemos hoy estar seguros de si llega
la funesta ocasión de estar “bien muertos”?. Pues sí, podemos estar seguros
gracias a un electroencefalograma y otras pruebas médicas.
Quisiera acabar con unas palabras de Edgard Allan Poe:
“…la insoportable opresión
en los pulmones, los vapores sofocantes de la tierra húmeda, la adherencia de
la mortaja, el rígido abrazo de la estrecha morada, la negrura de la noche
absoluta, el silencio semejante a un mar arrollador, la invisible pero palpable
presencia del Gusano Conquistador, estas cosas, junto con el pensamiento del
aire y la tierra de arriba…”
Entonces, querido lector, ¿te enterramos o
te incineramos?
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